Dios mi Padre


Jesús quiebra el paradigma al mostrarnos a Dios como Padre, y no sólo como el Señor que está en los cielos, invitándonos a poner la fe en él para ser aceptados por Dios como hijos.

Dios está interesado en tener hijos para que le conozcan y disfruten de su amor, pues él tomó a su único hijo para ofrecerlo a favor de todos los que anhelen la paternidad divina.

Dios anhela acoger a quienes carecen de un padre, a aquellos que no tienen esperanza, ni encuentran protección o seguridad en lo que el mundo ofrece, a aquellos que no han experimentado el amor incondicional en alguien y hoy mendigan un ilusorio afecto que resulta lastimándoles.

Dios no quiere que vivas en condición de huérfano, dependiendo de lo poco que a otros les sobra. Dios realmente desea que seas su hijo, y que disfrutes de todo lo que solo él puede darte para satisfacer tus necesidades de amor, protección y provisión.  

Ahora, si Dios nos ofrece su paternidad como un derecho, ¿cómo es que algunos hoy no están disfrutando de este beneficio?

Tal vez algunos de los hijos de Dios no viven en la plenitud que tienen por ser hijos, y de esto habla la Biblia en la historia de un hombre que tenía dos hijos, el menor tomó lo que le tocaba de herencia y derrochó todo lo que heredó, y aunque el mayor tenía acceso a la herencia, no aprovechó de ella para disfrutarla, tomó una actitud de sirviente pensando que no era merecedor de disfrutar nada, negando que todo lo que su padre tenía le pertenecía a él (lea la parábola completa en Lucas 15: 11-32).

Esta historia nos permite hacer una reflexión de lo siguiente: ¿cuántas veces hemos desperdiciado el acceso a la abundancia de Dios, por ir en pos de deleites pasajeros como lo hizo el hijo menor? Sé, que a ninguno de nosotros nos gustaría identificarnos con la actitud del menor, quien se revela en contra de su padre y lo saca de su vida diciéndole “ya estoy grande y no te necesito”, en nuestro caso sería “Dios déjame hacer las cosas como yo las quiero, no necesito de tu ayuda para vivir mi vida”, “prefiero probar el mundo y vivir en pecado que obedecerte a ti”.

Piensa ¿por qué nos hemos dejado envolver por el pecado, que nos ha esclavizado para no disfrutar de las promesas y la bendición de Dios? Tal vez, probaste un poco de lo que tus deseos carnales querían y te desviaste de la bondad de Dios, pero hoy puedes regresar arrepentido por no haber degustado la plenitud que solo él Padre puede ofrecer.

Ahora, reflexionemos en la actitud del hijo mayor que nosotros podríamos tomar, y piensa ¿cuánto tiempo llevas siendo hijo de Dios, pero anhelando vivir la vida de algún miembro de la iglesia o de alguna persona del mundo? ¿has sentido que tus esfuerzos son insuficientes para merecer la bendición de Dios? ¿te has sentido indigno de gozar de la vida abundante que Cristo nos otorgó? 

La mayoría de nosotros tendemos a basar nuestra relación con Dios según nuestro comportamiento, en lugar de basarla en su gracia. No bases tu relación con Dios en tus esfuerzos por agradarle, empieza a disfrutar los beneficios que Jesús ganó en la cruz. 

Medita en la herencia que recibiste por ser hijo de Dios y toma provecho de ella, no mendigues pan en otras casas teniendo abundancia en la casa de tu Padre. Ten fe en las promesas que Dios te ha hecho y disfrutar la vida.

Hoy podemos aprender que, como hijos, no nos va a edificar salir de la protección que sólo nos ofrece nuestro padre, y que de nada vale vivir para Dios como un esclavo sin disfrutar los beneficios y privilegios que él nos da por ser sus hijos.

Mírate en este momento como un hijo amado por Dios, protegido por sus brazos que te llevan en el camino, guiado por la sabiduría del Espíritu Santo quien está disponible en todo momento para usted, bendecido por la sangre de Jesús derramada en la cruz que te perdona, sana y limpia, sentado en los lugares celestiales disfrutando de la victoria sobre la muerte y el pecado que Cristo ganó en la cruz.


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